Quiero compartir con ustedes este vídeo en el que se muestran los dones por los cuales están formados los maestros, cabe resaltar que esos mimos dono es los debemos tener los maestros en formación y que los debemos saber aplicar a la hora de nuestro ejercer docente.
Estos dones están inspirados por Dios como no lo dice la autora en una gota cristalina que al caer un rayo de sol la descompuso en colores; tengamos presentes estos dones pues sin ellos es imposible ser un buen maestro.
Autora del video: Lucy Torres
lunes, 14 de junio de 2010
EL PROFESOR ES UN ACTOR
A la hora fIjada, el profesor entra en escena. Puede demorarse unos minutos si el miedo que le atenaza es demasiado fuerte. El público le asusta. No es nada fácil contentarle. Para este auditorio no sirve cualquier actuación y, además, la que el actor considere adecuada será, justamente, la que menos éxito tenga, la que peor acogida tendrá entre su público. La clase es el escenario en el cual ha de representar el papel que se le ha encomendado (<<¿Por qué me metí yo en esto?»)
. y la escuela, su teatro. No se ha disfrazado, salvo por la bata banca los que la llevan. No se ha maquillado para su papel o, al menos, no suele hacerla, a diferencia de muchas alumnas. No ha practicado ejercicios de voz; no suele tener tiempo para esas cosas. No recibe las últimas instrucciones del director de escena, lo cual, en su caso, es una buena señal después de todo. No es anunciado; bueno, a veces sí: por los propios alumnos encargados de avisar de su llegada, como los vendedores del top manta se avisan unos a otros de que llega la poli (yo he llegado a escuchar a ciertos chicos la expresión «Agua, agua!» para este cometido, haciendo suya, de manera más o menos irónica, la jerga de la delincuencia). No se levanta el telón antes de su aparición, sólo se borran de la pizarra los grafitis y las barbaridades que hay en ella si consigue llegar hasta ahí y si queda pizarra que borrar. Tiene un guión escrito para su actuación e, incluso, varias alternativas por ,si acaso, pero el público puede modificarlo (y lo más probable es que así sea) y plantear situaciones para las que no valen las alternativas previstas porque no se trata de un grupo de meros espectadores. En realidad el público es el protagonista de la función y la interpretación del actor tendrá que variar según sus reacciones. Incluso la duración de la representación depende del auditorio.
Impartir una clase de secundaria o bachillerato puede llegar a tener mucho de monólogos del Club de la Comedia -o más bien a muchos cómicos les vendría estupendamente utilizar los. métodos a los que muchos profesores tienen que recurrir-, con altas dosis de improvisación y toda una serie de recursos para captar la atención de la clientela. Menos el strip-tease tipo Full Monty (que y0 sepa), hay profesores que han intentado casi de todo con ese fin. Incluso alguno ha tratado de captar su atención a base de renunciar a captar su atención. También este truco desesperado suele tener poco éxito.
El profesor es·un actor, además, porque tiene que ocultar en lo posible sus propios avatares personales cuando está en el aula si quiere conservar algo de cordura. Su papel consiste en dar el protagonismo al alumno, que es el· que aprende gracias y a pesar del profesor y por sí mismo No importa lo que opine o sienta. El alumno aprende a través de él, igual que el buen actor deja de ser quien es para ser otro, para que el espectador vea ese otro a través de él, por mediación suya.
Por eso el profesor puede recurrir, a veces, a llevar deliberadamente la contraria al alumno como método pedagógico, independientemente de que esté de acuerdo o no, de que le guste o deteste. l0 que el alumno afirma y, por tanto, lo que él mismo tendrá que afirmar, porque lo que opine o sienta personalmente· es irrelevante aquí. Pero es que de ese modo el alumno se enfrenta a la duda, a los argumentos del contrario. De este modo se ve impelido a replantearse sus propios juicios.
Otras veces el profesor tiene que ocultar tras la máscara de su personaje sus sentimientos más íntimo~: la tristeza, la frustración, el temor, la ira, la risa. Así, se ve obligado a simular enfado por una conducta reprobable cuando lo que en realidad siente es indiferencia o incluso hilaridad si la situación es lo suficientemente grotesca o disparatada: yo he asistido a situaciones tan locas que mientras aplicaba el sermón correspondiente con el gesto más severo del que era capaz, contenía a duras penas el ataque de risa. Recuerdo, sin ir más lejos, un suceso reciente: un alumno, al parecer con el fin de pasar desapercibido ante las preguntas y observaciones del profesor y demostrando un futuro de lo más esperanzador en el noble arte del contorsionismo, introdujo su cabeza en la cajonera de su mesa sin levantarse del asiento de su silla y allí quedó atrapada. Al ponerse en pie para intentar sacar la cabeza, la mesa se levantó con él, y sólo tras varios movimientos de cuello pudo liberarse. y. todo ello en medio de una clase que, obviamente, quedó interrumpida y que costó un mundo retomar.
El profesor debería ser percibido por el alumno como una especie de transparencia, pero una transparencia necesaria, que no ha de pasar desapercibida, que ha de evitar el riesgo de ser completamente invisible, como a lente del microscopio o del telescopio, a través de la cual vemos mucho mejor. Es como un vacío que se ·limita a encauzar las capacidades del alumno; alguien cuya importancia estriba en no ser lo más importante, cuya relevancia depende de lo que hace posible y potencia en el otro-el que aprende-, no de loque es. Por eso simplemente desempeña un papel, y cuanto menos sea el mismo, mejor lo desempeñará. Se trata de que el alumno lo vea más como un instrumento, como un útil para su aprendizaje, con un punto de ese egoísmo saludable del niño deseoso de descubrir cosas para sí, más que como un individuo con convicciones, problemas personales y un sueldo más bien escaso, lo cual no hace sino entorpecer el proceso.
De hecho es frecuente que este actor sin fama se vea obligado a cambiar de registro varias veces en cada jornada, ya que las necesidades del centro exigen que imparta, por ejemplo, clase de geografia a niños de doce años inmediatamente después de haber dado una clase de filosofia a chicos de dieciocho y antes de tener una reunión con padres de alumnos o con compañeros de seminario. Su forma de hablar tendrá que adaptarse a cada caso, los ejemplos que utilice, el modo de intentar mantener la atención y el ambiente de estudio en el aula. y todo eso con muy poco tiempo para los ensayos, cuatro o cinco veces al día y cón el público reclamando la caída del telón (pidiendo la hora, como se dice en argot futbolístico).
¿Se les ocurre alguien con más acreditados merecimientos para recibir un premio Gaya?
. y la escuela, su teatro. No se ha disfrazado, salvo por la bata banca los que la llevan. No se ha maquillado para su papel o, al menos, no suele hacerla, a diferencia de muchas alumnas. No ha practicado ejercicios de voz; no suele tener tiempo para esas cosas. No recibe las últimas instrucciones del director de escena, lo cual, en su caso, es una buena señal después de todo. No es anunciado; bueno, a veces sí: por los propios alumnos encargados de avisar de su llegada, como los vendedores del top manta se avisan unos a otros de que llega la poli (yo he llegado a escuchar a ciertos chicos la expresión «Agua, agua!» para este cometido, haciendo suya, de manera más o menos irónica, la jerga de la delincuencia). No se levanta el telón antes de su aparición, sólo se borran de la pizarra los grafitis y las barbaridades que hay en ella si consigue llegar hasta ahí y si queda pizarra que borrar. Tiene un guión escrito para su actuación e, incluso, varias alternativas por ,si acaso, pero el público puede modificarlo (y lo más probable es que así sea) y plantear situaciones para las que no valen las alternativas previstas porque no se trata de un grupo de meros espectadores. En realidad el público es el protagonista de la función y la interpretación del actor tendrá que variar según sus reacciones. Incluso la duración de la representación depende del auditorio.
Impartir una clase de secundaria o bachillerato puede llegar a tener mucho de monólogos del Club de la Comedia -o más bien a muchos cómicos les vendría estupendamente utilizar los. métodos a los que muchos profesores tienen que recurrir-, con altas dosis de improvisación y toda una serie de recursos para captar la atención de la clientela. Menos el strip-tease tipo Full Monty (que y0 sepa), hay profesores que han intentado casi de todo con ese fin. Incluso alguno ha tratado de captar su atención a base de renunciar a captar su atención. También este truco desesperado suele tener poco éxito.
El profesor es·un actor, además, porque tiene que ocultar en lo posible sus propios avatares personales cuando está en el aula si quiere conservar algo de cordura. Su papel consiste en dar el protagonismo al alumno, que es el· que aprende gracias y a pesar del profesor y por sí mismo No importa lo que opine o sienta. El alumno aprende a través de él, igual que el buen actor deja de ser quien es para ser otro, para que el espectador vea ese otro a través de él, por mediación suya.
Por eso el profesor puede recurrir, a veces, a llevar deliberadamente la contraria al alumno como método pedagógico, independientemente de que esté de acuerdo o no, de que le guste o deteste. l0 que el alumno afirma y, por tanto, lo que él mismo tendrá que afirmar, porque lo que opine o sienta personalmente· es irrelevante aquí. Pero es que de ese modo el alumno se enfrenta a la duda, a los argumentos del contrario. De este modo se ve impelido a replantearse sus propios juicios.
Otras veces el profesor tiene que ocultar tras la máscara de su personaje sus sentimientos más íntimo~: la tristeza, la frustración, el temor, la ira, la risa. Así, se ve obligado a simular enfado por una conducta reprobable cuando lo que en realidad siente es indiferencia o incluso hilaridad si la situación es lo suficientemente grotesca o disparatada: yo he asistido a situaciones tan locas que mientras aplicaba el sermón correspondiente con el gesto más severo del que era capaz, contenía a duras penas el ataque de risa. Recuerdo, sin ir más lejos, un suceso reciente: un alumno, al parecer con el fin de pasar desapercibido ante las preguntas y observaciones del profesor y demostrando un futuro de lo más esperanzador en el noble arte del contorsionismo, introdujo su cabeza en la cajonera de su mesa sin levantarse del asiento de su silla y allí quedó atrapada. Al ponerse en pie para intentar sacar la cabeza, la mesa se levantó con él, y sólo tras varios movimientos de cuello pudo liberarse. y. todo ello en medio de una clase que, obviamente, quedó interrumpida y que costó un mundo retomar.
El profesor debería ser percibido por el alumno como una especie de transparencia, pero una transparencia necesaria, que no ha de pasar desapercibida, que ha de evitar el riesgo de ser completamente invisible, como a lente del microscopio o del telescopio, a través de la cual vemos mucho mejor. Es como un vacío que se ·limita a encauzar las capacidades del alumno; alguien cuya importancia estriba en no ser lo más importante, cuya relevancia depende de lo que hace posible y potencia en el otro-el que aprende-, no de loque es. Por eso simplemente desempeña un papel, y cuanto menos sea el mismo, mejor lo desempeñará. Se trata de que el alumno lo vea más como un instrumento, como un útil para su aprendizaje, con un punto de ese egoísmo saludable del niño deseoso de descubrir cosas para sí, más que como un individuo con convicciones, problemas personales y un sueldo más bien escaso, lo cual no hace sino entorpecer el proceso.
De hecho es frecuente que este actor sin fama se vea obligado a cambiar de registro varias veces en cada jornada, ya que las necesidades del centro exigen que imparta, por ejemplo, clase de geografia a niños de doce años inmediatamente después de haber dado una clase de filosofia a chicos de dieciocho y antes de tener una reunión con padres de alumnos o con compañeros de seminario. Su forma de hablar tendrá que adaptarse a cada caso, los ejemplos que utilice, el modo de intentar mantener la atención y el ambiente de estudio en el aula. y todo eso con muy poco tiempo para los ensayos, cuatro o cinco veces al día y cón el público reclamando la caída del telón (pidiendo la hora, como se dice en argot futbolístico).
¿Se les ocurre alguien con más acreditados merecimientos para recibir un premio Gaya?
sábado, 22 de mayo de 2010
El profesor o Morfeo, el liberador estresado
Quiero compartir con ustedes un apartado tomado de El profesor en el trinchera de José Sánchez Tortosa, el cual trata de como el profesor se ha convertido en un obstáculo para el estudiante donde el maestro proporciona su propia sombra en vez de facilitarle los procedimientos para encender las luces de las que dispone en su interior.
Además quiero compartir con ustedes un vídeo el cual nos platea reflexionar sobre la siguiente hipótesis "si la tecnología esta presente en nuestra vida ¿por qué no esta en nuestra educación?", sera que el modelo educativo se convirtió en un obstáculo para el niño y para el joven que en vez de abrir puertas y ventanas las esta cerrando
REFLEXION PARA DOCENTES
Autora: Lucy Padilla
Capítulo 2
Supongamos entonces que, en realidad, no se enseña sino que se aprende. Esto significa que la importancia del profesor consiste en saber que él no es lo más importante, en saber que debe dejar paso al proceso de descubrimiento que el alumno puede desarrollar, poniendo en práctica su deber ~tan difícil y costoso-- de desaparecer permaneciendo ahí, de no proyectar sobre el alumno sus limitaciones, manías y prejuicios, indicarlo el camino pero sin recorrerlo por el alumno. Come le dice Morfea a Neo: «yo sólo puedo mostrarte la puerta. Tú debes atravesarla». Y, al contrario, el profesor es un obstáculo si pretende enseñar al niño o al joven lo que, según piensa, no puede aprender por sí mismo. En tal caso deberíamos hablar de adoctrinar más que de enseñar. De este modo el maestro se interpone entre, el estudiante y el conocimiento de las cosas que puede adquirir por sí mismo. Le cierra caminos y ventanas en vez de abrírselos. Le proporciona su propia sombra (una oscuridad ajena) en vez de facilitarle los procedimientos para encender las luces de las que dispone en su interior.'
Por eso se necesita a alguien que no estorbe para aprender y que, además de no estorbar, ayude al estudiante a que no sea él mismo un estorbo, porque si no hay nadie en absoluto, es el propio interesado el que supone un obstáculo para sí mismo a la hora de aprender.Igual que se requiere la presencia de otro (el profesor) para que el alumno esté solo, ni siquiera perturbado por su propio mundo exterior, de modo que aprenda por sí mismo y se prepare para el día en que no haya nadie a su lado, también se requiere la presencia del profesor para que el alumno no sea un obstáculo para sí mismo y aprenda, de forma que llegue el día en que no necesite al profesor para impedir que lo sea.
Y resulta que ese obstáculo conocido por el título de profesor vive tiempos convulsos y frustrantes. Uno de los problemas actuales de su profesión (particularmente, pero no sólo, en la rama de Letras) es que puede resultar una salida laboral ante la escasez de oferta de empleo para determinadas carreras universitarias. Muchos se hacen profesores porque: no encuentran trabajos mejores en otras profesiones. Por ello van a dar clase con una formación académica' vinculada a su especialidad, pero sin la técnica ni la experiencia necesarias hoy día para mantener en el aula un ambiente de estudio que permita desarrollar esos conocimientos adquiridos en la facultad correspondiente. No pocas veces, además, carecen de la vocación para semejante trabajo. A bastantes profesores de secundaria y de bachillerato no se les prepara para dar clase. Se les prepara, en el mejor de los casos, para tener unos conocimientos. Pero para transmitirlos y, sobre todo, para que esa transmisión se pueda llevar a efecto en' un aula, tiene que haber receptores que. lo sean, es decir, dispuestos a recibir la información. Ante la ausencia de esa receptividad, el profesor se ve obligado a conquistarla por medio de firmeza, paciencia, experiencia y una formación puramente autodidacta. Es decir, se trata de una labor para la que no ha sido técnicamente preparado, y para la que no todos valen, ya que precisa de unas facultades psicológicas determinadas sin las
que no es fácil mantener la cordura mucho tiempo en un aula de secundaria.
Es inevitable, dadas las condiciones actuales de la enseñan~a media en España, que el profesor sea para el alumno -de secunda-ria, especialmente-una especie de policía o guardia jurado antes que fuente de conocimiento. Es decir, lo primero que ve el adolescente en el profesor es su tarea de impedirle salir de clase, obligarle a estar sentado y callado e, incluso, con una osadía incomprensible, leer, escribir y hacer cuentas. El alumno no ve en el profesor su capacidad para ayudarle a descubrir cosas y aprender. Esta percepción eclipsa y hace opaca la relación intelectual que debería establecerse entre profesor y alumno y trasluce, en cambio, una relación de fuerzas y autoridad, una verdadera batalla psicológica, tensión que acaso sea inevitable. Si ya de por sí, corno hemos explicado, el profesor es un obstáculo, esta situación hace que lo sea aún más, de forma que entorpece el aprendizaje del niño al aparecer a sus ojos con una función más disciplinaria que docente y, por tanto, provoca en él una pre-disposición negativa en términos pedagógicos, y un abierto rechazo en términos personales. Además, sucede que esa función disciplinaria tiene cada vez menor fuerza. Con lo cual el profesor es esa figura un tanto ridícula incapaz de desempeñar la única función real que el Estado le ha asignado: mantener a los adolescentes (en etapa educativa obligatoria) dentro de un aula y fuera, por tanto, de las calles, con el menor riesgo físico posible para sus semejantes y para sí mismos. Cuántos profesores se replantean su profesión hartos de tener que echar broncas e idear castigos -a cuál más sofisticado, pues ya muy pocos son efectivos-, en lugar de dar clase, que es lo que a los buenos maestros les suele gustar.
El profesor siempre es un obstáculo. Cuanto menos lo sea, más aprenderá el alumno, pero no puede dejar de serio en absoluto. Sin embargo, en nuestras aulas el profesor ha pasado de ser ese obstáculo imprescindible (y por eso también paradójico) que deja paso al aprendizaje del alumno para ser un muro colérico o derrotado, furioso o resignado, de opacidad infranqueable, un bloque granítico tras el cual quedan ocultos y sepultados los conocimientos que acaso tenga y que un día sonó compartir y transmitir.
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